16 mar 2017

Qué chuchaqui...

De lo único que me antojaba anoche al salir del pequeño establecimiento era prenderme un cigarrillo, fumármelo en absoluto silencio. Oír la brasa consumir lentamente el tabaco en la glacial noche quiteña. Procesar la intensidad, el enajenamiento de la realidad del cual había sido parte.

Salía del teatro.

Asistí a una producción llamada La Historia del Zoológico en la cual, no sé si el término es protagoniza o co-protagoniza el afamado Chunchi Zarumeño Mexicanizado. Quien en ocasiones anteriores fue participe de las líneas de este blog, y hoy, me compelo a titularizarlo por el más grande respeto y cariño que siento por él y el arte que siempre ha tenido a bien compartir conmigo.

No no no, yo no soy crítico de teatro, tal vez, técnicamente algún sabido podría tener un criterio disparejo al mío. Guarden cuidado. No pretendo poner un rating a la obra o vender entradas. Pero imaginen un pequeño teatro, con demasiadas sillas y un escenario proporcional. La tensión se sentía desde que disminuyeron las luces para dar inicio al acto. La presencia escénica, los diálogos mimetizaban y el público centraba su vista en unísono a las manos de los actores. Desde la cuarta fila en la que me encontraba observé las cabezas de enfrente coreografear para no perder vista de elementos propios de la trama; existentes sólo por su construcción escénica. El humor, pero el que se usa para romper momentos de tensión acumulaban en él, un clímax que sigue desenvolviéndose en mí.

De buena fuente sé que vas a leer estas pequeñas líneas que te dedico, y no te alabes. Bajo ningún concepto mi pretensión es que no hay mejor actor que tú, o que beso el suelo que pisas. Pero cuando una manifestación artística me deja con chuchaqui, la única forma de quitármelo es escribiendo.

Desde Canteatro a esta parte me haz revolcado Jose D. Sabay Bermeo.

40 Primaveras Reveladoras

Al acercarse el onomástico de mi querido Rafael —quien dice que soy tan tejano que ahora festejo Janucá— se me ha dado por rascarme la lengu...