8 nov 2017

Gate UIO

-¡Papi! ¡PAPI!... cooooorrre mierda que nos deja el vuelo-

Le grita una alegórica madre al hijo de 7 años mientras le pega un sopapo en la nuca para que se apure.

El infante va cargado entre otras, la maleta de mano, una colcha de tigre, las botellas de licor que le compraron al tío, el nuevo celular conectado a los audífonos que le van ahorcando, los regalos del dutyfree. El guambra corre. Perdón no corre, COOOORRRRE. Persigue a su mamá quien, con ese paso de señora que se atrasa al bus -es como un galope elegante de caballo chagra, no se despeina, no se agita, pero se mueve “breve breve”- avanza abriendo camino en medio de la terminal para dar finalmente con la puerta de embarque a UIO.

Yo llego minutos después y evidentemente falta al menos una hora para embarcar, pero por alguna razón mis compatriotas no se sientan, las sillas están vacías en la sala de espera. Todos están de pie -aglomerados diría yo- al más puro estilo “parada del trole” frente a la puerta con sus agudos sentidos alertas, acechantes. Atentos al mismísimo momento en que se abran las puertas, para que puedan correr al avión a encontrar su asiento pre asignado. Yo que no soy ningún pendejo, tampoco me siento, pues llevo poco menos de 30 años defendiéndome de la viveza criolla, yo sé que apenas se abran esas puertas, será una avalancha, tal vez haya heridos, pero es un riesgo que estamos dispuestos a correr.

Pero calma lectores, el Tata sabe que los asientos son preasignados, ese no es el espacio que está en juego. Estamos peleando por lo compartimentos de equipaje de mano, a simple vista será escaso.

En la espera escucho conversaciones aledañas, husmeando, curioseando, enterándome de los chismes ajenos. Entre las conversaciones que escucho, un par de mayorcitas -totalmente perdidas- comenta sobre el gringo que está al lado de ellas –vele él no se sienta toca estar aquí esperando- yo me regreso a ver y les digo –cual gringo señoras, yo soy quiteño- (error)
-haaaay no me diga joven,…- y empezamos a conversar.

Altavoz –cgggggg estimados pasajeros buenas tardes, lamentamos informar que se va a realizar un cambio de puerta…-

Al segundo en que se anuncia la nueva puerta, comienzan los juegos del hambre. Los ecuatorianos arrancan, desaforados con todas sus pertenencias a correr por la terminal. Los gringos desentendidos absolutamente de la salvaje avalancha corren también, no saben por qué, pero corren. Yo sin ser grosero les digo a las señoras, nos vemos en la otra puerta, y al preciso momento en que pretendía correr, me toman del brazo las adorables señoras y me dicen –Joven, no nos ayuda cargando la maleta- como no me criaron de otra forma, dejo que me tomen del brazo y acomodando sobre mi lomo sus maletas les digo -vamos madrecitas no se pierdan…-

Y es así amados lectores, como una vez más por acto de nobleza inigualable, me quedé sin espacio para la mochila, llegué último a todas las filas de migración y aduanas, y salí último del Aeropuerto Mariscal Sucre de esta ciudad de Quito.

40 Primaveras Reveladoras

Al acercarse el onomástico de mi querido Rafael —quien dice que soy tan tejano que ahora festejo Janucá— se me ha dado por rascarme la lengu...