Al acercarse el onomástico de mi querido Rafael —quien dice que soy tan tejano que ahora festejo Janucá— se me ha dado por rascarme la lengua y ponerme a escribir sobre algo que tengo adentro. Algo que no es nuevo, pero que nunca había ordenado así. Algo que, al puro estilo del psicoanálisis malentendido, necesito sacarme de encima para no cargar con una conciencia pesada. No es reclamo ni ajuste de cuentas; es más bien una necesidad humana: decirlo, escribirlo y seguir.
Porque he descubierto algo.
No de golpe, ni con una sola prueba, sino gracias a mi
incomparable poder de deducción y a las enseñanzas de Conan Doyle: cuando
has descartado lo imposible, lo que queda —por más improbable que parezca—
tiene que ser la verdad. Todo esto, claro, juntando migajas durante años; y
al pasear por las líneas que siguen, mis teorías se van a notar de inmediato.
Harán sentido muchas cosas. O al menos eso espero. Porque esto no nace de la
nada, sino de sobremesas largas, chistes mal contados y comentarios dichos
medio en serio, medio en broma, como quien no quiere que la Yumba escuche.
Esto terminó siendo, sin planearlo demasiado, una especie de
historia de origen. No de héroe, aclaro, sino de esas que se cuentan en el
campo, con variaciones según quién la diga y a qué hora.
Uno de los primeros indicios fue aquella frase célebre,
dicha con total naturalidad, como si no tuviera mayor peso:
“Mi mamá me dio a luz al lado de una vaca en Nono”.
Aclaro de entrada, por respeto a la verdad y a la Patrona:
Rafael no nació al lado de una vaca. Eso lo sé. La Patrona jamás lo habría
permitido. Nació en la casa de la Hacienda Los Cedros, como corresponde.
Siempre pensé que lo de la vaca era un problema de traducción, un intento torpe
de explicarle a un gringuito aquello de “My mom gave me light next to a cow
in Nono”. Pero con el tiempo empecé a sospechar otra cosa.
Rafael no recordaba una vaca; recordaba un sonido. Algo que,
en su inconsciente, bien podía haberse representado con mugido, como tantos que
escucharía en el ordeño durante su infancia. Pero yo he logrado deducir que no
era una vaca lo que escuchaba, sino los llantos de su hermano gemelo. Pequeños
destellos de memoria. Fragmentos sueltos. El eco de alguien que estuvo ahí y
luego no.
Pensando en todo esto, apareció otro dato, siempre dicho al
pasar y nunca tomado con la seriedad que merece: la Mamamama tenía una gemela.
Así, sin más. Y con ese antecedente familiar sobre la mesa, no me parece
ninguna locura pensar que lo que ocurrió con Rafael y Martín no fue
coincidencia, sino la repetición caprichosa —y persistente— de unos genes que
ya habían demostrado saber dividirse. La genética es insistente, y en el campo
esas cosas se repiten más de lo que uno quisiera admitir.
Y aquí entra la siguiente prueba, esa que siempre se contó
como chiste. Durante años nos dijeron que a Rafael le decían Martín. Que se iba
a llamar Martín. Que querían que se llamara Martín. Yo ya no creo que se iba
a llamar. Creo que Martín existió. Y que el tiempo, como suele hacerlo, se
aprovechó de la frágil memoria de un infante y del silencio conveniente de los
adultos.
Los dos gemelos rumeaban las praderas de Nono felices, respirando aire limpio, sin que su nacimiento estuviera inscrito en el Registro Civil. Porque, seamos honestos, ¿quién quiere salir de un valle así para lidiar con la
burocracia ecuatoriana sin una necesidad real? El Registro Civil podía esperar.
La vida no.
Pero la Yumba acechaba desde siempre, y Martín fue una de
sus víctimas, una más de las que no dejaron rastro oficial. Fue ahí, y recién
ahí, cuando la necesidad apareció, no por orden ni por calendario, sino por
urgencia. La Yumba, para ponerlo en contexto, no era una persona concreta ni un
personaje con biografía clara, sino una advertencia con nombre propio: una
figura del campo, mitad cuento, mitad amenaza, usada para explicar
desapariciones, silencios y para mantener a los guaguas cerca de casa. Una vieja
campesina, decían, que se robaba niños. Nadie la había visto de frente, pero
todos sabían cómo sonaba su nombre cuando se lo decía en voz baja, y como suele
pasar con estas cosas, mientras más se repetía la historia, menos importaba si
existía o no; bastaba con creer que podía existir.
Rafael y Martín habían nacido dos años antes, y no fueron
inscritos sino hasta después del rapto de Martín. No para dejar constancia de
que se fue, sino para proteger al que quedaba. Ahí es donde todo cuadra. La inscripción tardía no fue un descuido; fue una reacción. Fue miedo. Fue prevención.
Por supuesto, Rafael no aceptaría jamás ser mayor de lo que
ya le indica la cédula. Negará todo, desmentirá las teorías y te invitará a un
traguito, como corresponde. No porque sea héroe ni nada por el estilo, sino
porque así funcionan las leyendas del campo: se cuentan de una forma hacia
afuera y de otra cuando ya no hay nadie escuchando.
Todo lo anterior no busca probar, más allá de cualquier
duda, ni la existencia irrefutable de la Yumba ni convencer a nadie de la vida indocumentada de Martín. Eso queda en el terreno de la tradición oral.
Lo que sí busca demostrar —y aquí sostengo la tesis con
firmeza— es algo mucho más concreto:
Rafael no cumple 38.
Cumple 40.
Tesis que vengo afirmando desde que lo conozco y que, hasta
hoy, no había tenido la lucidez —ni el descaro— de redactar.